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Nuestro Patrón, San Francisco Solano –El Santo, como todos los montillanos lo conocemos cariñosamente– constituye todo un símbolo en nuestra ciudad, en nuestra historia y en nuestra cultura; se trata de un icono con el que todos los montillanos nos identificamos, sea cual sea nuestra condición: es un aglutinante de todo lo montillano, de manera que hablar de Solano es hablar de la esencia montillana más auténtica.
Pocos lugares gozan de la suerte de tener como patrón a un hijo nacido en su seno, y aunque Solano está elevado a los altares por la Iglesia Católica, lo que más apasiona de su vida y es recordado por todos sus paisanos es su carácter bondadoso, sencillo, cautivador y humilde; el no juzgó, ni condenó, ni clasificó a nadie: simplemente pasó haciendo el bien y liberando a todos de las injusticias. No olvidemos que él no convirtió al catolicismo por la fuerza a ningún indígena sino que, viviendo la dulzura del Evangelio en su persona y con su ejemplo, arrastró a multitudes. Incluso, fue un defensor a ultranza de los derechos humanos en general y de los indígenas en particular, poniendo en peligro su vida ante los mismos españoles al defender la causa de los más desfavorecidos.
Sería prolijo explicar en breves líneas la apasionante vida de nuestro Solano. Su quehacer fue imparable e imborrable de las mentes de sus paisanos, y si las piedras de nuestra ciudad pudieran hablar nos ilustrarían de un sinfín de historias sobre los hechos que han vivido sus habitantes con Solano como protagonista.
Por ello, haremos un breve recorrido por los lugares más significativos por los que pasó El Santo aunque, con toda seguridad, paseó por todas las calles de nuestro casco histórico y por muchos otros parajes del término municipal. De esta manera, tendremos un hilo conductor que nos situará en las andanzas del “mejor de todos los montillanos”. Mucho de lo que aquí vamos a narrar cuenta con una base documental y bibliográfica, si bien otros datos han sido entresacados de la memoria colectiva transmitida a través de la tradición oral, por lo que habremos tomar estas referencias con cierta cautela. En ese sentido, mostraremos una especie de “totum revolutum” que no tiene otra intención que la de acercarnos a nuestro protagonista y a una de las partes fundamentales que conforman Montilla: su patrimonio cultural.
La actual calle San Francisco Solano, antigua de Sotollón –cuyo nombre hace alusión al camino que se dirige al molino del mismo nombre situado en el río Aguilar– acoge la actual Parroquia de San Francisco Solano levantada en el solar donde nació en marzo 1549.
El solar que ocupó la casa fue adquirido en 1664 a expensas de Francisco Isidro de Alba, oidor de la Real Chancillería de Granada que, junto con el pueblo de Montilla, inició las obras del nuevo templo en 1681. Podría decirse que esta iglesia es el centro neurálgico solanista, del cual partimos, al ser el lugar donde sus ojos vieron la luz por primera vez. De hecho, era la morada de sus padres, Mateo Sánchez Solano y Ana Ximénez –La Hidalga–, dos labradores acomodados cuya vivienda era de considerable extensión, pues se comunicaba por un callejón con la calle Puerta de Aguilar.
En la parroquia de El Santo encontramos un patrimonio impresionante, con obras de arte alusivas a la vida de Solano. No obstante, lo que habría que destacar fundamentalmente es la disposición de la casa que nuestros mayores nos han transmitido. Y es que la tradición asegura que en el lugar exacto que hoy ocupa la imagen titular del patrón, en el retablo mayor, estaba la habitación donde nació el Evangelizador de las Américas.
El pozo de la casa se encuentra junto a la entrada principal de la iglesia, ya en su nave, y podemos rastrear su presencia en una abertura que se ha realizado en el suelo para saber su situación. Son muchas las leyendas que giran en torno a este pozo, como aquella que habla de un zapato de Solano que se encuentra en su fondo y que nunca ha podido ser recogido.Leyendas aparte, lo cierto es que en la “casa de nuestro patrón” se conservan infinidad de reliquias, entre los que destacan algunos restos de su cuna o el báculo utilizado en la localidad cordobesa de Montoro.
De aquí pasamos a la Parroquia de Santiago Apóstol, donde fue bautizado el 10 de marzo de 1549 en su preciosa pila de finales del siglo XV, según consta en la partida del archivo parroquial. Hay que decir que la pila no se encuentra hoy en el lugar original, pues en un principio se ubicó en una hornacina avenerada que existe junto al acceso del templo, por su lado derecho.
La iglesia que da acceso al popular barrio de La Escuchuela fue testigo de la evolución religiosa que experimentó nuestro protagonista tras numerosas misas. Además, en ella se encuentran enterrados sus padres y sus abuelos paternos –al parecer, junto a la pila de agua bendita de la nave de la epístola, es decir, la de la derecha–. Entre las reliquias que se conservan, destacaremos la carta autógrafa que envió a su hermana poco antes de fallecer.
La educación de San Francisco Solano se forjó en el Colegio de los Padres Jesuitas, situado en la calle Corredera, del que tristemente quedan pocos restos –localizados, por cierto, en Casa Palop–. Antes de su destrucción, existía una placa en latín en la que se afirmaba que Solano fue alumno de dicho centro y que en él caló extraordinariamente la espiritualidad jesuítica. De hecho, “el mejor de los montillanos” es considerado por todos discípulo de San Juan de Ávila, que frecuentó este colegio, y nuestro patrón profesó como religioso franciscano al poco tiempo de fallecer el maestro Ávila. Como anécdota, algunas personas insisten en que lo primero que aprendió El Santo en el colegio de la Compañía de Jesús fue la letra “M”: la de su villa natal, que nunca olvidaría.
En la antigua ermita de Santa Ana, situada junto al coro de la actual iglesia conventual del mismo nombre –y que logró mantenerse en pie hasta la desgraciada desaparición del antiguo cenobio–, San Francisco Solano escuchaba misa junto a sus padres. Las monjas suelen recordar con cariño el rincón donde, parece ser, asistían a los oficios religiosos. En este convento profesó su sobrina, la madre Mencía de San Francisco, figura insigne, y en él puede admirarse una falange de la mano de Solano traída del Perú por el franciscano Alonso López de Casas, a mediados del siglo XVIII.
Otro lugar solanista por excelencia es el castizo Barrio de Tenerías, donde destaca la Ermita de El Santico, levantada en el siglo XIX para recordarnos que, en este singular rincón montillano, nuestro patrón repartía la comida entre los más necesitados, sentado sobre un “guardacantul” –esas piedras que existen junto a las fachadas de las casas y que las protegían de las ruedas de los carros y de los animales–. En la memoria de nuestros mayores ha quedado grabada esta imagen y, en la actualidad, dicha piedra se conserva bajo la mesa de altar de la ermita donde, además, se venera a la devocional imagen de El Santico, fomentada principalmente por hortelanos y curtidores.
Y es que nuestro insigne paisano pasaba por este lugar para dirigirse a la Huerta de Las Minas, en el camino viejo de Montemayor, para llevar la comida a su padre –algo realmente milagroso, pues el hato llegaba intacto a su progenitor, a pesar de que su hijo lo había repartido antes entre los pobres–. En esta huerta se conservaba la casa de labor de su padre, que fue tristemente derribada hace unos diecisiete años. Aquí estaba también la famosa piedra con el pie tallado de nuestro patrón y una mesa de madera que él utilizó y que hoy está en vías de ser puesta en valor. La Huerta de Las Minas fue escenario además de varios milagros, como el de aquellos pajaritos que dejó encerrados en la casilla para que no se comieran la siembra mientras su padre y él se ausentaban de la parcela.
San Francisco Solano profesó el hábito franciscano en abril de 1569 en el Convento de San Lorenzo. En torno a este lugar gira gran parte de su vida por su formación religiosa e intelectual, que después amplió gracias a su actividad misionera. En este sitio histórico fue proclamado en 1647 patrón de Montilla, adelantándose a su erección canónica por el Vaticano. Son muchos los milagros y leyendas en torno a este lugar, pero sólo destacaremos los milagros que, partiendo desde aquí, realizó dentro del casco urbano.
En una ocasión que se dirigía a predicar en Cuaresma al Convento de Santa Clara, llegando a la confluencias de las calles Feria y Melgar ocurrió algo que se describe en una placa conmemorativa: “D. Juan Clavijo de Cárdenas, presbítero, vio un día cómo venía de su Convento de S. Lorenzo de Montilla, el P. Solano con el P. Angulo y llegados a este sitio y lugar estaba un pobre que tenía las piernas muy llagadas y llegándose a él se hincó de rodillas y le besó los pies, quedando éste después sano y andando sin muletas, que antes solía llevar”.
Otro azulejo se hace eco de un milagro acaecido en la Calle Fuentes: “Llegado el P. Solano a esta casa, que era de Diego López, a pedir limosna, le sacó su suegra, Catalina Ruiz, un pequeño enfermo, hinchado y lleno de grandes llagas todo su cuerpo. El P. Solano pidió lo descubriesen y lamió con su boca y lengua todas las llagas, y al otro día por la mañana apareció el niño deshinchado y todas las llagas secas”.
Otros lugares solanistas significativos son los templos religiosos que existieron en vida de El Santo: San Agustín –donde están enterrados sus abuelos maternos, a los pies de la actual capilla de Jesús Nazareno– o las ermitas de San José y Belén –aunque su construcción y convivencia no quedan del todo claras, si bien existen hay leyendas que lo vinculan a ellas–.Por último, debemos destacar el Convento de Santa Clara por las reliquias que conserva, entre las que podríamos destacar su báculo y jamuga; la zarza sin espinas; o el púlpito desde el que predicaba.
Juan Casado Alcaide
Técnico de Patrimonio del Ayuntamiento de Montilla
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