Paisaje de Montilla

Áreas Municipales

Paisaje de Montilla

La característica principal que marca la imagen del término de Montilla radica en su uniformidad y homogeneidad. Los cerros-testigo y las riberas de los ríos más evolucionados, junto al asentamiento central, son los únicos elementos que destacan en un medio muy humanizado, de clara dedicación agrícola centrada en el olivar, el viñedo y los cultivos cerealistas.

La importante red hidrológica que atraviesa el término introduce variedad cromática y textural, hecho que se hace aún más notable por la fisonomía lineal de los cursos fluviales, lo que incrementa su visibilidad extrínseca. La variabilidad tonal de la vegetación caducifolia de ribera, de notable densidad en los cursos Benavente y Cabra, a lo largo del año, marca el color de las estaciones en los parajes cruzados por la red hídrica.

La vegetación natural de cierto porte, matorrales en el mejor de los casos, que encontramos fundamentalmente en los cerros de Don Juan y El Macho actúa como hito paisajístico en un entorno monótono de olivos y vides, por lo regular de su siembra. Ciertamente la densidad de esta vegetación contrasta con la propia de los cultivos, que con la alineación de los pies de olivo o las cepas del viñedo dejan a la vista buena parte del suelo desnudo aportando tonos grises al color global del paisaje frente al tono verde intenso del matorral.

Otro signo conspicuo en el paisaje montillano es el producido por los afloramientos rocosos de calizas dolomíticas, tanto el caso de la Piedra Luenga, auténtico icono del paisaje local, como en el paredón tabular de Cerro El Macho o en la loma descarnada de Los Yesares. Los signos de la erosión en áreas desprovistas de cobertura vegetal, en forma de surcos e incluso cárcavas pueden verse por doquier en el solar municipal, al igual que los suelos diáfanos entre y dentro de los cultivos o, en el caso de los cultivos herbáceos, en los periodos entre cosechas y siembras.

En cuanto al paisaje urbano, este viene definido por la monumentalidad de la ciudad, como pueblo-fortaleza, reforzada por su situación sobre un cerro-testigo, lo que incrementa su visibilidad extrínseca. Se traduce visualmente en un amplio poblamiento que sobresale de los campos cultivados, culminado por grandes y carismáticos edificios históricos y religiosos que resaltan, no sólo por su tamaño y estilo arquitectónico, sino por su color ocre y pétreo entre el blanco caserío. Destacan la Parroquia gótico-mudéjar de Santiago, dentro del recinto del castillo, la Parroquia de San Sebastián y la iglesia del Convento de Santa Clara, realizados en el mismo estilo, y el convento de San Agustín de la primera mitad del siglo XVI. Hoy en día la caracterización de pueblo-fortaleza es más difícil de notar debido a la merma física del castillo y a la expansión urbana hacia la llanura.

La calidad de estas vistas urbanas se ve atenuada por los desarrollo perimetrales del núcleo original, de marcada tendencia industrial y estandarización tipológica, produciendo cambios relevantes en el tradicional parcelario de huertos y lagares.